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La furia, el disfraz de la tristeza

Cada persona vive la tristeza de una forma diferente. Hay personas que se deprimen y no quieren hablar. Se dejan llevar por la tristeza y al verlos, es fácil detectar que lo que les pasa es que están inmersos en la tristeza. Sin embargo, están los que se enfadan con su tristeza y atacan porque tienen miedo de ser atacados, a estos poca gente los entiende. Al atacar y ser atacados se les va haciendo más grande su enojo y su tristeza, ya que se les aísla y se sienten cada vez más solos, y consecuentemente, más enfadados y más tristes. Esto lo refleja muy bien el cuento de Jorge Bucay, La furia y la tristeza.

Además las emociones se contagian muy fácilmente, tanto las buenas como las malas. Si se acerca alguien risueño, trae consigo una felicidad que se transmite, se contagia su sonrisa y te hace sentir bien. Esto es positivo, pero lo que no lo es tanto es que el enojo también se contagia con la misma facilidad. Si alguien lleva un enfado monumental, nos dejamos llevar por sus malas vibraciones y nos enfadamos también, nos sentimos mal, y cuando dos personas están enojadas, es difícil llegar a entenderse.

Debemos comprender la posición del otro, empatizar con él y no dejar que nos influyan sus malas vibraciones. No dejarnos contagiar. Entender el por qué lo hace permite que podamos tratar de cambiar su estado de ánimo.

Esta historia escrita por D. Goleman, psicólogo estadounidense experto en la inteligencia emocional, refleja muy bien este hecho:

“… El mejor ejemplo que recuerdo de esta habilidad sutil en el arte de la influencia emocional me lo contó mi difunto amigo Terry Dobson quien, en la década de los cincuenta, fue uno de los primeros norteamericanos que viajó a Japón a estudiar aikido.

Una noche mi amigo volvía a casa en el metro de Tokio cuando entró en el vagón un enorme, belicoso, ebrio y sucio trabajador. El hombre, tambaleándose, comenzó a asustar a los pasajeros gritando todo tipo de improperios y empujó a una mujer que llevaba consigo un bebé, lanzándola hacia donde se encontraba una anciana pareja, que entonces se levantó de golpe y huyó precipitadamente al otro extremo del vagón. El borracho dio unos cuantos golpes más y. en su rabia, cogió la barra de metal que se hallaba en medio del vagón y, con un rugido, trató de arrancarla.

En aquel momento Terry, que se hallaba en plenas condiciones físicas debido a su entrenamiento diario de ocho horas de aikido, se sintió llamado a intervenir antes de que alguien quedara seriamente dañado.

Entonces recordó las palabras de su maestro: «el aikido es el arte de la reconciliación y quien lo considere como una lucha romperá su conexión con el universo. En el mismo momento en que tratas de dominar a los demás estás derrotado. Nosotros estudiamos la forma de resolver los conflictos, no de iniciarlos».

Ciertamente, cuando Terry emprendió su aprendizaje se comprometió con su maestro a no iniciar nunca una pelea y a utilizar este arte marcial sólo como una forma de defensa. Ahora acababa de descubrir una oportunidad para poner a prueba su práctica del aikido en la vida real, en lo que era un caso claro de legítima defensa. Es por ello que, mientras los demás pasajeros permanecían paralizados en sus asientos, Terry se levantó lenta y deliberadamente.

Al verle, el borracho bramó:

—¡Ah, un extranjero! ¡Lo que tú necesitas es una lección sobre modales japoneses!— y se dispuso a lanzarse sobre Terry.

Pero cuando estaba a punto de hacerlo alguien gritó en voz muy alta y divertida:


—¡Eh!

El grito mostraba el tono jovial de alguien que había reconocido súbitamente a un querido amigo. El borracho, sorprendido, se dio la vuelta y vio a un diminuto japonés de unos setenta años ataviado con un kimono que permanecía sentado. El anciano sonrió con alegría al borracho y le saludó con un leve movimiento de la mano y un animoso:

—¡Venga aquí!

El borracho se acercó dando zancadas a él preguntando, con un agresivo:

—¿Y por qué diablos debería hablar contigo?

Mientras tanto, Terry estaba dispuesto a reducir al borracho apenas hiciera el menor movimiento violento.

—¿Qué has estado bebiendo? —preguntó el anciano con sus ojos chispeantes.

—He bebido sake y ése no es asunto tuyo —vociferó el borracho.

—¡Oh, muy bien, muy bien! —replicó el anciano— ¿Sabes? A mi también me gusta el sake. Cada noche, mi esposa y yo (ella tiene setenta y seis años) nos bebemos una botella pequeña de sake en el jardín, donde nos sentamos en un viejo banco de madera…

Y luego siguió hablando de un caqui que había en su jardín y de las excelencias de beber sake en mitad de la noche. A medida que iba escuchando al anciano, el rostro del borracho comenzó a dulcificarse y sus puños se relajaron:

—Sí… a mí también me gusta el caqui… —dijo con la voz apagada.

—Sí —replicó el anciano enérgicamente—. Y estoy seguro de que tienes una esposa maravillosa.

—¡No! —respondió el obrero—. Mi esposa murió…

Y entonces, sollozando, se lanzó a contar el triste relato de la pérdida de su esposa, de su hogar y de su trabajo, y se mostró avergonzado de sí mismo.

Cuando el metro llegó a su parada y Terry estaba saliendo del vagón alcanzó a escuchar cómo el anciano invitaba al borracho a ir a su casa para contarle más detalladamente todo aquello y aún pudo vislumbrar cómo se arrellanaba en el asiento y apoyaba su cabeza en el regazo del anciano. ”

“El resplandor emocional: informe de un caso del libro inteligencia emocional de Daniel Goleman”.

La furia de este hombre tenía detrás una dramática historia, como casi siempre, lo que pasa es que no nos paramos a comprender, simplemente nos dejamos contagiar.

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